¡Ojo qué teta tocan! El negocio redondo de las denuncias falsas en Derecho UBA: acoso real y fierro militante
El relato que empezó a circular entre estudiantes no deja mucho margen para relativizar. Una joven contó cómo un hombre, que decía cursar con ella pero nunca había sido visto en clase, empezó a escribirle con insistencia hasta cruzar un límite claro.
Primero fue el intento de contacto, después las excusas poco creíbles sobre grupos de cursada y, finalmente, lo que terminó de encender todas las alarmas: el manejo de datos personales precisos, desde la zona donde vivía hasta su edad y fecha de cumpleaños. La situación escaló con frases ambiguas que la estudiante interpretó como una amenaza directa, insinuando un posible encuentro cara a cara.
El episodio no quedó aislado. Según el propio relato, la joven ya había recibido advertencias previas de una amiga que militaba en el CBC, donde el mismo perfil era descrito como alguien “raro” que generaba incomodidad.
Esa coincidencia, sumada a la confirmación de que no figuraba como oyente en la cátedra, terminó de consolidar la sospecha. La reacción fue inmediata: cortar el contacto, exigir identificación y advertir que lo expondría si insistía. La respuesta del otro lado no calmó nada. Al contrario, reforzó la sensación de que no era un intercambio cualquiera.
Pero mientras el caso avanzaba en los grupos, lo que empezó a aparecer con fuerza fue otra capa del problema. En paralelo al miedo real por una situación de acoso, comenzaron a circular capturas, comentarios y conversaciones donde la palabra “acoso” convive con burlas, ironías y acusaciones lanzadas con una liviandad llamativa.
En distintos chats de estudiantes se repiten menciones a “escrachar”, advertir o directamente exponer a alguien, muchas veces sin más respaldo que lo que alguien dijo en otro grupo. Ese clima, visible en las conversaciones que circulan entre alumnos, muestra una dinámica donde todo se discute en caliente y donde cualquiera puede pasar de sospechoso a condenado en cuestión de minutos .
En esos mismos intercambios aparece otro dato no menor. Las discusiones no se quedan solo en el caso puntual, sino que rápidamente se contaminan con internas, referencias políticas y chicanas. Hay mensajes que mezclan denuncias con posicionamientos ideológicos, otros que relativizan situaciones y algunos que directamente se mueven en el terreno de la burla.
El resultado es un combo difícil de separar: hechos potencialmente graves conviviendo con un ecosistema donde todo se amplifica, se exagera o se usa para marcar posición.
Ahí es donde el problema deja de ser solo un posible acosador y pasa a ser también el contexto en el que ese caso se procesa. Porque en lugar de canalizarse por vías institucionales, gran parte de lo que ocurre queda atrapado en una lógica de exposición inmediata. Se comparte, se opina, se etiqueta y se sentencia. Y en ese proceso, la diferencia entre prevenir y destruir reputaciones se vuelve cada vez más difusa.
Ahora bien, reducir este fenómeno a un solo espacio sería cómodo y falso. Del otro lado del espectro ideológico, referentes libertarios e influencers con fuerte presencia digital replican exactamente el mismo mecanismo que dicen combatir. Cuentas que amplifican conflictos, exponen identidades y convierten cualquier discusión en contenido viral funcionan bajo la misma lógica de escrachar primero y preguntar después.
Figuras como Delfina Wagner, los perfiles asociados al ecosistema del “stream Carajo”, y también voces del universo kirchnerista como Rodrigo Fronzo y Facundo Pérez Ernst aparecen señalados por estudiantes por alimentar este clima, trasladando la confrontación de redes a la vida universitaria y profundizando una dinámica donde el escrache dejó de ser una excepción para convertirse en regla.
Con ese telón de fondo, la Facultad de Derecho deja de ser solo un espacio académico para convertirse en un terreno donde convivir implica algo más que estudiar. Implica también moverse en un ambiente donde una conversación puede escalar, donde un nombre puede circular sin filtro y donde el peso de una acusación ya no depende solo de lo que pasó, sino de cuán rápido se viraliza.
Y en ese juego, tanto las denuncias reales como los conflictos inflados terminan atrapados en la misma lógica, con consecuencias que nadie parece del todo dispuesto a asumir.








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