¿Honor entre ladrones? El presidemente hace malabares con papas calientes para no echar a Pavorni
La decisión del presidemente Javier Milei de mantener a Manuel "Aloe Vera" Adorni en el cargo de jefe de Gabinete, aun en medio del avance de una investigación judicial por enriquecimiento ilícito, profundiza las tensiones dentro del propio oficialismo y expone una creciente fractura entre el discurso de transparencia y la práctica del poder.
Dando muestras de que vive en Narnia o directamente avala la corrupión, "Jamoncito" no solo desestima las versiones que vinculan a su funcionario con maniobras irregulares, sino que además refuerza públicamente su respaldo, incluso en un contexto donde sectores del propio Gobierno consideran que Ladrorni debería dar un paso al costado hasta esclarecer su situación patrimonial.
El Presidente Javier Milei se reunió en Casa Rosada con el Presidente de la organización judía B’nai B’rith Internacional, Robert Spitzer; el CEO de la entidad, Dany Mariaschin; la titular de su filial argentina, Susana Chalón; y el secretario de esa organización, Daniel Sporn.… pic.twitter.com/HTZKmIZIqm
— Oficina del Presidente (@OPRArgentina) May 5, 2026
El caso generó incomodidad en distintos niveles de la administración. Ministros y dirigentes libertarios admiten en privado que el desgaste político es evidente, pero el clima interno está atravesado por el temor a cuestionar decisiones que provienen directamente del entorno presidencial. Esa dinámica, lejos de disipar dudas, alimenta la percepción de un círculo de poder cada vez más cerrado y refractario a la crítica interna.
En paralelo, la causa judicial avanza con declaraciones y medidas que ponen bajo la lupa el crecimiento patrimonial del funcionario, mientras se multiplican las denuncias y sospechas sobre gastos, propiedades y movimientos financieros incompatibles con su ingreso declarado como funcionario público.
Pese a ello, Milei insiste en interpretar el proceso como una operación política y mediática contra su gobierno, cerrando filas en torno a uno de sus colaboradores más cercanos. La estrategia, sin embargo, empieza a generar costos políticos: erosiona la narrativa anticasta con la que el oficialismo llegó al poder y alimenta la desconfianza tanto en la oposición como dentro de sectores del propio oficialismo.
En este escenario, la permanencia de Adorni ya no es solo una discusión judicial o administrativa, sino un síntoma de un problema mayor: la tensión entre el discurso de cambio y las prácticas de blindaje político que, según sus críticos, empiezan a parecerse demasiado a las de la “casta” que el Gobierno prometió reemplazar.








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