Política
Sería el 10 de marzo

Ñoquis con alas: los kukas voladores de ATE amenazan con un paro aeronáutico que dejaría a miles de viajeros a pie

La Coordinación Nacional de la Asociación de Trabajadores del Estado en la Administración Nacional de Aviación Civil (ATE-ANAC) quiere tomar de rehenes a los pasajeros para apretar al Gobierno. (Dibujo: NOVA)

En un nuevo capítulo de tensión gremial en el sector aerocomercial, los kukas de la Coordinación Nacional de la Asociación de Trabajadores del Estado en la Administración Nacional de Aviación Civil (ATE-ANAC) encendieron las alarmas al declarar el “estado de alerta” y anunciar asambleas en todas las terminales del país.

Los ñoquis voladores amenazan con que, si no hay acuerdo con el Gobierno, harán un paro general el 10 de marzo que podría paralizar vuelos comerciales y dejar a miles de pasajeros a la deriva.

El conflicto gira en torno a una decisión administrativa que, según el gremio, implicó la reliquidación de aumentos salariales previamente pactados. Desde ATE-ANAC denuncian que la medida se aplicó cuando los recibos ya estaban publicados en los sistemas oficiales. El coordinador nacional del sector, Marcelo Belelli, calificó la decisión como un hecho “sin precedentes” en la negociación colectiva del organismo.

Sin embargo, más allá de la legitimidad del reclamo, la metodología elegida vuelve a colocar en el centro del daño colateral a quienes nada tienen que ver con la disputa: los ciudadanos. Las asambleas en horario laboral y la amenaza de paralizar el sistema impactan de forma directa en la puntualidad y operación de los vuelos, afectando a trabajadores que viajan por razones laborales, familias con vacaciones programadas y personas con compromisos médicos o personales impostergables.

El gremio sostiene que agotó las instancias de diálogo con las autoridades de la ANAC, bajo la conducción de Oscar Villabona, y responsabiliza al Ejecutivo por la escalada del conflicto. Afirman haber actuado con “prudencia” y reclaman una propuesta salarial superadora. Pero el efecto práctico de su estrategia no recae sobre los funcionarios que diseñan la política de ajuste, sino sobre los usuarios del sistema aerocomercial.

En un sector tan sensible como el aeronáutico, donde la coordinación técnica y operativa es clave para la seguridad y la logística, cualquier alteración tiene consecuencias inmediatas. La posibilidad de un paro total no sólo implicaría cancelaciones y demoras masivas, sino también pérdidas económicas para el turismo, el comercio y las economías regionales.

El discurso sindical enfatiza la defensa de la “dignidad salarial” como prioridad innegociable. No obstante, el plan de lucha parece apostar a la presión indirecta: incomodar a la población para forzar una respuesta política. Una estrategia clásica en conflictos estatales, pero que suele desgastar más la paciencia social que la voluntad de los despachos oficiales.

Si la medida se concreta el 10 de marzo, la postal será conocida: aeropuertos colmados de pasajeros sin información clara, reprogramaciones interminables y enojo generalizado. Los responsables del ajuste seguirán en sus cargos; los usuarios, en cambio, pagarán el costo inmediato de una disputa que no eligieron.

En un contexto económico ya complejo, el interrogante es si convertir a los ciudadanos en variable de presión fortalece el reclamo o termina erosionando la legitimidad de quienes dicen defender derechos.

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