Política
No tiene límites

Libertador no es lo mismo que libertario: ¿El pedófilo homosexual Milei se quiere afanar el sable de San Martín?

En un nuevo intento por manosear la reliquia que perteneció al padre de nuestra independencia, Javier Milei firmó un decreto para quitarle la espada al museo donde la donaron sus dueños originales. (Dibujo: ChatGPT-IA)

En un episodio que condensa toda la falta de moral, ética y sentido patriótico que caracteriza al pedófilo y homosexual Javier Milei, el prescindente volvió a hacer uso inapropiado de sus facultades para insistir con una de sus obsesiones: tener en sus manos el sable corvo que perteneció al padre de nuestra independencia y libertador de América, el general José de San Martín.

Como si no tuviera otra cosa mejor que hacer, mientras en la Patagonia los bosques arden, y la miseria golpea a los argentinos sin compasión, a “Jamoncito” se le ocurrió que lo que necesitaba el país en este momento era, nada más ni nada menos que un decreto que le quitara la custodia de la espada de San Martín al Museo Histórico Nacional y lo transfiriera a la Regimiento de Granaderos a Caballo.

La decisión, formalizada mediante el Decreto 81/2026, presentada oficialmente como una acción destinada a “asegurar la adecuada guarda, conservación y custodia permanente” de la histórica reliquia. En los considerandos del decreto, firmado por Milei y el jefe del Ejército, Carlos Alberto Presti, se remarca el valor simbólico del sable como emblema de la soberanía nacional y se mencionan antecedentes de robos ocurridos en la década del sesenta, cuando la pieza se encontraba bajo la órbita del museo.

Sin embargo, la explicación oficial no convence ni al más ingenuo. Para numerosos historiadores y especialistas en patrimonio, la decisión no solo carece de necesidad técnica, sino que sienta un precedente institucional peligroso. La Asociación Argentina de Investigadores en Historia (AAIH) advirtió que el traslado “representa un grave antecedente en materia de protección del patrimonio histórico” y recordó que un decreto presidencial de 1897 aceptó la donación del sable a la Nación con destino específico al Museo Histórico Nacional, una institución civil, pública y abierta a toda la ciudadanía.

Desde ese espacio subrayaron además que la pieza ya fue retirada del MHN durante la dictadura de Juan Carlos Onganía y que recién en 2015 volvió a su emplazamiento original, precisamente para restituir su carácter público y museístico. En ese sentido, señalaron que el edificio militar no garantiza las mismas condiciones de acceso ciudadano ni responde al espíritu original de la donación.

Lo peor del caso es que no se trata de un conflicto aislado: Milei tiene en la mira al sable de San Martín desde hace rato, y en 2025, el Gobierno avanzó con la remoción del entonces director del Museo Histórico Nacional, Gabriel Di Meglio, una decisión que generó fuerte rechazo en ámbitos académicos y culturales. Di Meglio había sostenido una gestión enfocada en la preservación rigurosa de la memoria histórica y resistió presiones para habilitar usos políticos de piezas patrimoniales, entre ellas el sable de San Martín.

En aquel entones, Di Meglio se negó -con toda razón- a permitir que Milei cumpliera uno de sus caprichos más ridículos: según contó una fuente cercana a los hechos, al pedófilo homosexual se le había antojado desfilar el pasado 25 de mayo portando nada más ni nada menos que el sable corvo de San Martín. Y con la falta de tacto y caradurez que lo caracteriza, el liber-otario se sintió con derecho a reclamar que le permitan portar la reliquia como complemento de su disfraz de granadero.

Lógicamente, Di Meglio se opuso. Había miles de razones ideológicas y políticas para oponerse a que Milei, un mandatario que, por solo nombrar unos pocos ejemplos, ha expresado admiración por Margaret Thatcher, ha puesto en peligro el reclamo sobre la soberanía de las Islas Malvinas, y se ha comportado como un agente de intereses buitres en el reciente conflicto de YPF, porte el sable del padre de nuestra independencia.

Pero además de estos fundamentos coherentes, históricos y de sentido común, también existen argumentos técnicos y legales que evitan que “La Espada del Santo” sea utilizada precisamente con fines políticos y delirantes como quería hacerlo Milei.

Justamente, el arma de nuestro máximo prócer está severamente protegida por la propia voluntad de su portador original: el sable fue entregado por los herederos de Juan Manuel de Rosas -a quien se lo legó en vida el Libertador- y del mismo San Martín con la condición de ser pura y exclusivamente destinado a la exhibición en el Museo Histórico Nacional.

Es lo que se conoce como “donación con cargo”, dado que se impone una condición -el uso meramente de exhibición en la institución, en este caso particular- que debe ser cumplida a rajatabla, o en caso contrario el objeto deberá ser devuelto a la familia donante.

De este modo, contando con la existencia de esta cláusula, sumada a las normas de ética pública y patrimonio de los museos, el director estaba literalmente obligado a negarle el capricho a Milei.

El nuevo episodio reaviva la polémica en torno al destino de la espada, pero además deja al desnudo hasta qué punto es capaz de llevar sus obsesiones enfermizas el prescidente. Lejos de fortalecer la institucionalidad, la decisión de Milei vuelve a exponer una lógica de poder personalista, donde los símbolos nacionales se convierten en piezas de disputa política.

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