Milei y Bullrich venden humo de "orgullo militar" mientras condenan a las Fuerzas Armadas a la miseria y el abandono
En teoría, el Gobierno del prescindente Javier Milei y la ministra de Seguridad de la Nación Patricia Bullrich levanta el estandarte de la revalorización de las Fuerzas Armadas, habla de orgullo, valentía y defensa nacional.
En la práctica, ese discurso tiene la consistencia de cartón y se derrite ante la evidencia de un abandono sistemático y una política de destrucción silenciosa.
No, las FFAA no están mejor con Milei.
— ︻┳═ 一Cazador_Nocturno__☠💀☠ (@Cazador_Noct_2) July 14, 2025
Sí, se compraron sistemas de armas, pero:
Sin condiciones humanas ni materiales dignas para el personal.
Sin justicia ni reparación para los presos políticos militares.
Sin una visión de defensa integral y soberanía real.
Perdió el voto pic.twitter.com/65apjowhXN
Entre diciembre de 2023 y agosto de 2025, más de 15 mil efectivos —entre oficiales, suboficiales y voluntarios— se dieron de baja voluntaria, lo que representa el 17.6 por ciento del total del personal activo.
Mientras el Gobierno invoca retóricamente la grandeza militar, la desinversión es brutal: racionamiento logístico, falta de insumos, recortes en equipamiento y en infraestructura, y un estancamiento salarial que empeora la precariedad histórica de las fuerzas.
Programas clave de modernización y adquisiciones quedan paralizados o con ejecución mínima, lo que condena cualquier plan estratégico a largo plazo.
Esa situación no es un descuido: es una política deliberada. En un contexto mundial donde la inversión militar crece fuertemente, el país cae a 0.62 por ciento del PBI en Defensa, posicionándose como el país sudamericano con menor esfuerzo relativo, incluso por debajo de economías mucho más pequeñas.
Lo más grave es el trato indigno a quienes llevan uniforme: aproximadamente el 80 por ciento del personal subalterno y buena parte de suboficiales y oficiales cobran menos de un millón de pesos, sueldos que no alcanzan la canasta básica y están por debajo de la línea de pobreza. ¡Se exige patriotismo, pero se le niega la dignidad económica!
Y si esto fuera poco, se ha desmantelado el sistema de salud militar (IOSFA), sumando deudas millonarias, caída de prestadores y ausencia de medicamentos esenciales, incluso oncológicos.
Este desguace no resulta de una mala gestión circunstancial, sino de un desprecio institucionalizado hacia los militares y sus familias, una traición al pacto de protección que el Estado mantiene con quienes se dedican a defender la Nación.
El resultado es inevitable: fuga masiva de personal calificado, no por falta de vocación, sino por falta de perspectivas reales, maltrato y precarización. Las Fuerzas Armadas avanzan hacia una vulnerabilidad crítica y una pérdida irrecuperable de capital humano.
El gobierno habla de orgullo militar, pero los hechos revelan otra realidad: presupuestos raquíticos, caída de beneficios, éxodos de personal y abandono institucional. El discurso oficial es puro relato vacío; lo que importa son los actos concretos, y en ese balance, la deconstrucción de las Fuerzas Armadas es una maniobra en marcha.








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