Sagaz como siempre. Intrépido e inquisidor. Adjetivos que sólo califican a Martín Vestiga, un asiduo colaborador de NOVA que vive trabajando y que, en sus ratos libres, investiga como pocos. Todo un adicto a su profesión.
En una mañana porteña que empezaba como cualquier otra en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), el respetado periodista Martín Vestiga (sí, Martín Vestiga, para que no haya dudas) se encontró con la feminista de izquierda con olor a chivo La Zurda (La Zurda, siempre La Zurda) en la vereda de un café que no había abierto todavía pero que, por un pacto tácito entre vecinos curiosos, sirve de escritorio alternativo para quienes disfrutan del chisme con tapa.
— Martín Vestiga, te tengo un dato que te va a aromatizar la mañana. — Susurró La Zurda, inclinándose como quien comparte la receta de la abuela. — En Diputados se están acumulando quejas: dicen que los baños vienen con cierto perfume... ¿Cómo te digo? A marihuana.
La información, por venir de donde vienen las mejores historias del país (es decir, del pasillo, de la fotocopiadora y de la pileta del baño), venía con nombre propio: algunos, entre risas y señalar con el dedo índice como si se tratara de un acto teatral, le adjudican la culpa al legislador Nicolás Del Caño, aunque nadie, naturalmente, tiene una foto con el porro en la mano, porque si la tuviera, sería material para un titular que arrasaría en las sobremesas.
Conviene aclararlo: Nicolás Del Caño es, en efecto, diputado nacional según registros públicos y su actividad en la cámara no es precisamente un misterio.
La Zurda describió la escena con la precisión de quien ha pasado más tiempo en manifestaciones que en clases de gramática: "Se siente un tufillo en los baños del ala sur, como si alguien hubiera decidido volver el Congreso en un festival itinerante. Dicen que las miradas se cruzan como en una película de Alfred Hitchcock, pero en versión 4G y con olor a porro".
Martín Vestiga tomó nota, apretó el bloc con una mano y pidió un café con la otra, porque la verdad periodística, incluso la más olfativa, mejora con cafeína.
Por su parte, la bancada de las anécdotas parlamentarias (esa que no aparece en los boletines oficiales pero que gobierna los pasillos) ofreció versiones alternativas: unos defienden la inocencia del legislador Nicolás Del Caño y sugieren que lo que se percibe es “aroma ideológico”; otros, con más hambre de chisme que de pruebas, propusieron que la culpa podría ser de algún visitante clandestino, del viento porteño o del caótico sistema de ventilación que, como el país, funciona por parches.
Martín Vestiga intentó armar una nota, entrevistó a quien quiso hablar con nombre y a quien no quiso, y se encontró con la única verdad inapelable: en el Congreso hay olores de todo tipo y la democracia funciona mejor cuando se puede discutir en voz alta (y, si es posible, también con ventilación).
La Zurda cerró la escena con la solemnidad de quien funda una corriente: “Si el olor es real, que lo discutan. Si es rumor, que lo aclaren. Y si no es ninguna de las dos cosas, al menos que pongan ambientadores decentes”.
Martín Vestiga anotó la frase como epígrafe posible y ya imaginó el titular: “Diputados: ¿Debate, ventilación o after parlamentario?”.
Empieza el ritual.
Nadie dice nada, pero...
Yo lo siento igual...
La desesperada gana...








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