Política
Nos gobierna un nene de 10 años

No confundan "liber-otario" con Libertador: ¿Milei echó a un funcionario porque no le dejó usar la espada de San Martín?

El director del museo a cargo de custodiar y exhibir la reliquia se plantó con firmeza para rechazar el capricho de Javier Milei, quien quería portar el sable del máximo prócer para disfrazarse en un desfile cívico. (Dibujo: ChatGPT-IA)

Si algo le faltaba al cipayo entreguista de Javier Milei para terminar de convencer al resto del país de que es un niño falto de cariño encerrado en un cuerpo de adulto, es la controversia que se generó a partir de la destitución del director del Museo Histórico Nacional, la cual aparentemente estaría relacionada con un hecho que pinta al prescindente como el burro infantiloide y totalmente descerebrado que es.

Gabriel Di Meglio, historiador, investigador y docente, estaba al frente de dicha institución desde 2020, pero fue repentinamente notificado por medio de un llamado telefónico de su inminente salida del cargo, que se efectivizará a partir del 1 de agosto.

Si bien Di Meglio ha tenido en estos dos años de gestión bajo el régimen de Milei diversos encontronazos y desencuentros con las autoridades del Ejecutivo nacional, debido a su inquebrantable decisión de seguir protegiendo la memoria histórica con fidelidad en vez de torcer los hechos en favor del relato que intenta imponer “Jamoncito”, las malas lenguas dicen que la gota que rebalsó el vaso habría sido su decisión de haberle negado -con toda justicia- un capricho inalcanzable al prescindente.

Y es que, según contó una fuente cercana a los hechos, a nuestro querido mandatario se le había antojado desfilar el pasado 25 de mayo portando nada más ni nada menos que el sable corvo de don José de San Martín, el Libertador de América. Y con la falta de tacto y caradurez que lo caracteriza, el liber-otario se sintió con derecho a reclamar que le permitan portar la reliquia como complemento de su disfraz de granadero.

Lógicamente, Di Meglio se negó. Había miles de razones ideológicas y políticas para oponerse a que Milei, un mandatario que por solo nombrar unos pocos ejemplos, ha expresado admiración por Margaret Thatcher, ha puesto en peligro el reclamo sobre la soberanía de las Islas Malvinas, y se ha comportado como un agente de intereses buitres en el reciente conflicto de YPF, porte el sable del padre de nuestra independencia.

Pero además de estos fundamentos coherentes, históricos y de sentido común, también existen argumentos técnicos y legales que evitan que “La Espada del Santo” sea utilizada precisamente con fines políticos y delirantes como quería hacerlo Milei.

Justamente, el arma de nuestro máximo prócer está severamente protegida por la propia voluntad de su portador original: el sable fue entregado por los herederos de Juan Manuel de Rosas -a quien se lo legó en vida el Libertador- y del mismo San Martín con la condición de ser pura y exclusivamente destinado a la exhibición en el Museo Histórico Nacional.

Es lo que se conoce como “donación con cargo”, dado que se impone una condición -el uso meramente de exhibición en la institución, en este caso particular- que debe ser cumplida a rajatabla, o en caso contrario el objeto deberá ser devuelto a la familia donante.

De este modo, contando con la existencia de esta cláusula, sumada a las normas de ética pública y patrimonio de los museos, el director estaba literalmente obligado a negarle el capricho a Milei.

Sin embargo, “Jamoncito” está a costumbrado a que se le cumplan cada uno de sus antojos como si fuera un emperador en vez de un mandatario que debe su poder a la voluntad del pueblo, y está más que demostrado que su rencor no tiene límites. Así, Di Meglio habría pagado con su cargo su lucidez y valentía para proteger el patrimonio histórico de nuestra nación.

Gabriel Di Meglio, por su parte, es tenido en alta estima por sus colegas historiadores. Su gestión en el Museo Histórico Nacional fue ciertamente bien ponderada por la gente relacionada en el área, y resistió con entereza los embates de un Gobierno que pretende no solo tapar la realidad, sino también alterar la narrativa de un pasado que le resulta incomodo.

Quizás su esta contribución a la historia argentina, que presuntamente le costó el cargo, resulte insignificante en términos prácticos, pero a fines simbólicos tiene el peso de una patriada heroica: haber evitado que el instrumento de la liberación de la Argentina se convirtiera en un juguete en manos de un cipayo imbécil y vendepatria, que ni siquiera sabe el nombre de nuestro máximo prócer, a quien rebautizó como “Juan José”.

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