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VIDEO | ¡El bloque fantasma de los "kukas"! La Cámpora sin bancas... pero con tentáculos en todos lados

La Cámpora (LC) ya no es lo que era, porque es la mayor minoría del peronismo en el Congreso. (Dibujo: NOVA)

En el mapa del poder peronista, La Cámpora (LC) aparece muchas veces como una sombra poderosa: no figura como bloque propio en los listados oficiales del Congreso, pero su influencia política y su capacidad de condicionar decisiones son motivo de críticas crecientes dentro y fuera del oficialismo.

Esa paradoja (ser determinante sin estar formalmente representada como fuerza independiente) es, para sus detractores, la mejor prueba de un nacionalismo interno que prioriza el control por encima de la representación abierta.

La organización fundada en 2006 construyó en poco tiempo una red de cuadros, cargos y dirigentes que hoy se reparten responsabilidades en diferentes niveles del Estado y del partido.

Eso le permitió operar como un poder paralelo: no necesita un bloque propio en Diputados o en el Senado para influir en la agenda legislativa porque actúa dentro del bloque mayor (Unión por la Patria) y desde allí impone prioridades, nombres y estrategias.

Para muchos analistas, ese modus operandi arrastra dos efectos perversos: opacidad interna y ahogo de las voces provinciales que no responden a la línea central.

La falta de claridad sobre cuántas bancas "pertenecen" efectivamente a La Cámpora (una cifra que suele discutirse en pasillos y columnas pero que no aparece en los listados oficiales) evidencia el problema.

El propio recuento por bloques deja claro que el escenario legislativo se define por alianzas y hegemonías internas más que por la existencia de fuerzas claramente identificadas; Unión por la Patria concentra la principal cantidad de diputados, y ahí es donde La Cámpora trabaja.

Esa ambigüedad crea tensiones: cuando la coalición pierde votos o pierde sintonía con gobernadores y referentes territoriales, la responsabilidad recae en una cúpula que, según críticos, gobierna desde adentro.

Las fracturas internas del peronismo de los últimos meses mostraron la magnitud del problema: decisiones estratégicas y técnicas (como la separación de calendarios electorales o la definición de candidaturas) terminaron siendo interpretadas como maniobras para preservar puestos y preservar poder orgánico, más que como respuestas a problemas de gestión o a la demanda de las provincias.

Ese episodio abrió una grieta que, lejos de ser anecdótica, demuestra que el control que ejerce La Cámpora sobre determinados espacios partidarios puede volverse en su contra cuando la disputa deja de ser interna y llega a la opinión pública.

Quizá lo más preocupante para quienes miran con distancia es la forma en que se naturaliza ese poder: la organización no necesita declarar un bloque propio para operar como si lo fuera.

Desde el punto de vista institucional, eso erosiona la transparencia: los ciudadanos no pueden saber con facilidad cuántos legisladores responden a esa estructura, qué candidaturas fueron promovidas por ese aparato o qué beneficios territoriales se asignaron en función de lealtades internas.

La democracia exige trazabilidad y rendición de cuentas; el funcionamiento de aparatos clientelares dentro de coaliciones amplias dificulta ambos.

Quienes defienden a La Cámpora arguyen que su rol es el de organizar, formar cuadros y sostener un proyecto político; que sin esa estructura, muchas iniciativas y movilizaciones no serían posibles.

Sin embargo, la crítica insiste en que la política de cuadros no puede confundirse con una política de Estado: la gestión pública requiere apertura, diálogo federal y responsabilidad ante legisladores y gobernadores, no solo obediencia interna ni reparto discrecional de recursos.

Cuando la fidelidad grupal pesa más que la discusión programática, el resultado es una política que se parece más a la preservación del poder que a la mejora del Gobierno.

En un escenario político cada vez más fragmentado, La Cámpora enfrenta un desafío obvio: transparentar su influencia y permitir que la coalición en la que milita funcione como tal, no como un conjunto de fiefdoms internos.

Si no lo hace, corre el riesgo de convertirse en el blanco perfecto de las críticas por todos los frentes: de la oposición que ve en su accionar una responsabilidad por la falta de resultados, y de sus propios socios que no tolerarán, indefinidamente, decisiones que parezcan pensadas para asegurar poder orgánico en lugar de resolver problemas reales de la gente.

La política necesita responsabilidades claras; la ciudadanía merece saber quién decide y por qué.

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